Los extranjeros derrotan a Israel, que vuelve la espalda
y sale corriendo.
Jesús les dice a los discípulos lo que
va a pasar: que también va a salir cada uno por donde pueda. Ya
los recogerá después en Galilea. Pedro no se lo cree: él
vale más que los otros, y no va a caer en la trampa.
Vienen Judas, uno de los Doce, no extranjero, pero que
se ha vuelto extraño, y esos otros extraños a Dios que son
los sacerdotes y ancianos del pueblo, con espadas y palos. Tan extraño
les es el buen sentido de la Escritura, que no se han dado cuenta de que
está pasando lo que ya dijeron los profetas que tenía que
pasar: cara a cara y de día, cuando enseñaba, no han podido
coger a Jesús. Ahora vienen a acorralarlo de noche, como si fuera
un ladrón.
Pedro, a la hora de la verdad, saldrá huyendo.
Igual que los otros.
Caen muchos israelitas en el Monte de Gelboé. Los
extranjeros van a por Saúl y sus hijos, y matan a Jonatán,
a Aminadab y a Melquisúa. Queda Saúl, que morirá el
último.
(En el Monte de los Olivos, Jn señala que los
que caen no son los de Jesús, sino los que vienen a buscarlo. El
Nuevo Israel, que Dios le ha confiado, no se puede perder.)
El peso de la batalla recae sobre Saúl. Cuando
lo descubren los arqueros le atraviesan los costados
(24)
a flechazos.
Uno de los discípulos saca la espada y le corta
una oreja al servidor del Sumo Sacerdote.
A Jesús lo crucifican (y Jn añade que después
de muerto, le abren el costado de una lanzada).
Saúl le dice al escudero que saque la espada y
lo mate, antes de que vengan a matarlo los incircuncisos esos.
Jesús le dice al discípulo que deje la
espada en su sitio: que el que a hierro mata, a hierro muere. Otros incircuncisos
lo prenden y lo llevan al pretorio, donde está esperándolo
toda la cohorte.
En cruz, Jesús grita otra vez.
Saúl le tiene más miedo al ridículo
que a la muerte. Quiere morir para que los incircuncisos no se rían
de él. Pero lo harán de todos modos después de muerto.
De Jesús se ríen antes de llevarlo a matar.
Con mala sangre de cuartel lo disfrazan de "Rey de los judíos",
para pinchar de paso a los susodichos. A Pilatos le hace tanta gracia el
chiste de sus valientes y leales legionarios, que lo manda escribir en
latín, griego y hebreo.
En la cruz, los sacerdotes, escribas y notables se ríen
del que fue a por lana y salió trasquilado. Del Justo que sufre
(25) . Otra vez se creen que no ven lo que les está saltando a la
vista.
Y para que no falte nadie, hasta los ladrones crucificados
se desbocan.
* * *
Pero a la burla de los chistosos responde el sarcasmo
del Evangelio: se están pasando de listos.
La burla, propia de los que no tienen corazón,
es desprecio del que sufre. El sarcasmo es humor negro de un corazón
que sangra. ¡Cuidado con confundir la burla con el sarcasmo! Que
el sarcasmo es a veces el humor de Dios.
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