Los valientes de Jabes de Galaad caminan toda la noche
hasta Betsán, descuelgan a escondidas los cuerpos de Saúl
y Jonatán, los llevan al pueblo y los queman. Después recogen
los huesos y los entierran. Ayunan siete días.
Llegada la tarde, José de Arimatea, miedoso según Juan
(34)
, atrevido según Marcos
(35)
y valiente según Lucas
(36)
, descuelga el cuerpo de Jesús con permiso de Pilatos. A Jesús
lo entierran entero. María Magdalena y la otra María se sientan
delante del sepulcro.
Aquí acaba la vida del hijo de Qis. La del Hijo
de David continuará.
* * *
ÖA menos que María, treinta y tres años
antes, haya cantado el Magníficat sin razón.
Cuando Roger Garaudy se hizo moro, decía que entró
en el Islam con la Biblia debajo de un brazo y el Capital debajo del otro.
Lo del Capital, bueno. Con la Biblia, se hizo un lío.
Porque si Mahoma tiene razón y Jesús no
es Dios, entonces Jesús fue uno de tantos hombres justos y honrados
que quisieron cambiar el mundo. Es decir, otro tonto olvidado por el Dios
perezoso que se pasó durmiendo lo de Auschwitz, Hiroshima y Ruanda.
U otro cobarde que no supo matarse a tiempo.
Pero si Jesús es Dios, entonces Dios se deja asesinar
porque no quiere matar a los asesinos, que son hombres aunque no lo parecezcan
y que cuentan para Él hasta el último minuto, porque Él
los modeló. Por algo la palabra para el amor cristiano está
tomada del vocabulario del arte: no es ni <erân>, querer
o
desear, ni <phileîn>, tener amistad, ni <stérgein>,
estar
encariñado, sino <agapeîn>, apreciar, o mejor,
valorar,
tener en mucho (37) , que es precisamente lo contrario de desentenderse.
Entre vosotros no hay extranjeros (Is 43,4.12).
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