Saúl, con dos de sus hombres, va a ver a la mujer.
Es ya de noche cuando llega. Le pide que le levante(10)
al muerto que él le diga, con el hechizo de la pelleja(11)
.
La mujer, para hacerle creer a Saúl que Saúl
le está haciendo creer a ella que no es Saúl, se indigna
y le cuenta que ha logrado escapar del exterminio ordenado por el rey,
y que no quiere volver a las andadas. Saúl le jura que no le pasará
nada. Ella no dice ni que sí ni que no, sino que a quién
quiere que le evoque. A Samuel, que lo ha dejado solo.
A Jesús viene a verlo una mujer con un frasco
de alabastro lleno de perfume caro. Jesús, que pronto estará
muerto, está ahora recostado. La mujer le echa el perfume en la
cabeza, y los discípulos se indignan: ¿para qué este
derroche? Más hubiera valido vender el perfume y darle el dinero
a los pobres. Jesús la defiende: ha hecho bien. Pobres nunca les
faltarán. Mientras que a ÉlÖ algo más tarde lo llevarán
a levantarlo en cruz en el Lugar de la Calavera.
Morirá de día, pero en día tan oscuro
como la noche.
La mujer dice que ve a Samuel (y a lo mejor hasta lo ve,
cualquiera sabeÖ) y se pone a chillar. Como a nadie más que a Saúl
podía ocurrírsele evocar a Samuel, la bruja le hace creer
que es ahora cuando lo reconoce: "Para qué me has engañado?
¡Si tú eres Saúl!".
La otra mujer, en silencio, ha perfumado a Jesús,
porque lo reconoce como Profeta y como Rey.
Otros también lo reconocerán, aunque no
quieran: Éste es Jesús, el Rey de los judíos.
Tienen ojos para ver, y no pueden ver que ven. Pero cuando muere, el miedo
obliga al centurión y a la guardia a cerrar los ojos para ver mejor:
"De verdad que Éste era Hijo de Dios".
|
|
|